Darksheed
Mike Dawson era uno de los tres socios de una importante
firma de publlcidad Pero a él le gustaba escribir. Y su vocación le ordenaba con
insistencia que se tomara un año sabático en algún lugar solitario para dedicarse a
ella. Por eso decidió comprar una vieja casa a las afueras de Woodland Hills, California.
Cuando llegó por primera vez a su ansiado retiro, le
asaltó una extraña sensación. Era una mezcla de escalofrío y premonición. Decidió
explorar la casa, hasta que una súbita necesidad de dormir lo dominó. Subió al primer
piso y encontró una habitación provista de una cama. Sin poder controlar su somnoliencia
se acostó y se sumió en un sueño profundo. La pesadilla ha empezado.
El sueño, desde luego, no fue nada tranquilizador. En él,
habia visto cómo una extraña criatura le abría la cabeza por la frente y otro no menos
extraño aparato, le "disparaba" un embrión al interior de su cráneo.
PRIMER DÍA
Se levantó temprano, con un terrible dolor de cabeza. Así
que lo primero que hizo fue y tomar una pastilla que encontró en el armario situado
encima del lavabo. Luego, se dio una ducha con la esperanza de despejar su mente y
sabiendo que era un hábito social que la gente del pueblo sabría apreciar.
En la habitación contigua, Mike encontró un viejo abrigo
colgado en el interior de un guardarropa. Una inspección detallada de su parte inferior
reveló la presencia de un bulto en un bolsillo que resultó ser una tarjeta de la
biblioteca local. Continuando con su deambular por la casa, llegó al despacho situado a
la izquierda del recibidor. Sobre la gran mesa de madera había un plano de la casa.
Bastaba con leerlo para conocer la existencia de un pasadizo secreto que salí de esa
habitación.
La puerta oculta se abría accionando un libro que
sobresalía de uno de los estantes. Daba a una habitación tan desierta como húmeda, de
la que surgía una escalera. Dawson subió por ella y se encontró en otro habitáculo
idéntico al anterior menos por un detalle: una larga y robusta cuerda reposaba en uno de
sus rincones. Cogió la cuerda y abrió la puerta de salida, que daba a su habitación. La
puerta se cerró, resultando invisible a cuelquier ojo.
De repente, el timbre de la puerta principal empezó a
sonar. Cuando Mike la abrió, se encontró con un cartero que traía un paquete. La tierra
pareció abrirse bajo sus pies cuando lo abrió y vio una preciosa muñeca que se
convertía delante de sus ojos en un diabólico ser. Decidió salir a la calle para que el
viento de la mañana tranquilizara su corazón. Encontró a los pies de su puerta el
periódico. En él se informaba de una ola de crímenes y robos en la zona, lo que no
hacía aconsejable quedarse en la calle por la noche, y mucho menos dormir allí.
Ya que estaba fuera de la casa, Mike se dirigió al garaje
que estaba en la parte posterior. Dentro de él había un viejo automóvil. Abrió la
portezuela del maletero y descubrió una palanca de metal. Abrió también la puerta
delantera, metiéndose en el coche. El claxon y la radio funcionaban, lo que indicaba que
la batería no estaba del todo descargada. Dentro de la guantera encontró lo que uno se
podía encontrar: unos guantes.
Empiezan las llamadas
De nuevo en la casa, se apresuró a subir las escaleras ya
que el teléfono sonaba en su habitación. Al descolgarlo pudo oír la voz de la
bibliotecaria que le informaba que tenía un libro para él. Lo más extraño de todo es
que hablaba como si conociera a Mike de toda la vida, incluso lo llamó por su nombre.
Antes de ir a la biblioteca, el escritor no pudo dejar de echar un vistazo al ático, al
cual se accedía por medio de una escalera de pared situada junto a su habitación. Allí
arriba todo estaba muy desordenado, pero un gran baúl le llamó la atención. Lo empujó
varias veces, dejando libre una puerta que daba a la terraza. En el suelo, junto al baúl,
encontró un viejo reloj de cuerda. Lo cogió, ya que había perdido el suyo en el
traslado. Debía recordar darle cuerda, porque parecía que se paraba con facilidad.
Intentó abrir el baúl, pero como sus fuerzas no eran suficientes, utilizó la barra de
hierro que encontró en el coche para hacer palanca. Dentro del baúl había un diario. Su
propietario era el anterior dueño de la casa. Decía que estaba aterrorizado por lo que
ocurría allí, y que el gran espejo del salón le daba miedo. También hablaba de unos
"antepasados" que venían de otro mundo. El texto se interrumpía ya que la hoja
estaba rota en su parte final. Dawson no entendió nada, pero decidió quedárselo por si
acaso. Salió a la terraza y vio una figura tallada en una de las esquinas de la inestable
barandilla. Era una gárgola. El escritor anudó la cuerda que había encontrado alrededor
de la figura, y descendió hasta el jardín. Se dirigió a la ciudad hasta llegar a la
biblioteca. Allí, la bella bibliotecaria, Sue, le entregó el libro que tenía para él.
Asombrosamente, las letras que contenía formaron una extraña frase: "sintoniza la
emisora adecuada para escuchar las palabras de un amigo preocupado". Ya que estaba
allí, decidió entregar la tarjeta que había encontrado en el abrigo para ver de qué se
trataba. Sue le indicó que pertenecía a un libro verde situado en el pasillo C. Mike lo
inspeccionó y descubrió otra página del diario. En ella el autor contaba cómo un tal
Tuttle se había tragado la llave del reloj del salón. También se daba una extraña
combinación: "izquierda, arriba, derecha". Antes de salir de la biblioteca,
Dawson se percató de la presencia de una horquilla de pelo en el suelo. La cogió. Con
todas estas incógnitas en la cabeza, entró en una tienda y, tras darle un billete al
tendero, cogió una botella de whisky. El tendero le dijo que Delbert se iba enfadar, ya
que era la última botella de su marca favorita. Efectivamente, Delbert entró en la
tienda y se presentó. Resultó ser un vecino abogado, e invitó al escritor a quedar al
día siguiente a las seis de la tarde en los jardines de detrás de la casa, para tomar un
poco de ese whisky. Antes de irse, Delbert le dio una tarjeta. Mike la examinó y leyó el
eslogan "salga libre de la cárcel".
El cementerio
Con el nombre de Tuttle rondando en su cabeza, Mike fue al
cementerio, situado al oeste de su casa. Después de pasar por delante de multitud de
lápidas, llegó a un gran mausoleo. En su parte más alta se podía leer el nombre de
Tuttle. Fijándose más, vio cómo alrededor de la puerta sellada había tres piedras que
destacaban sobre el resto. Una a la izquierda, otra arriba y otra a la derecha. Las pulsó
en ese orden, tal y como decía la hoja del diario, y la puerta se abrió. Penetró en el
mausoleo y se encontró en una sala llena de estanterías con las cenizas de todos los
Tuttle que habían dejado este mundo. En la primera estantería empezando por abajo halló
la llave del reloj del salón de su casa.
Allí se dirigió para desvelar el secreto del reloj. No
pudo evitar dirigir su mirada al espejo del que se hablaba en el diario. Una nota pendía
de un extremo. Era de los encargados de la mudanza. Decían que lo habían traído del
garaje. También se disculpaban por la rotura. Prometían arreglarlo cuando hallaran el
trozo que faltaba.
Utilizó la llave para abrir la puerta del reloj y vio que
había una placa dorada en su fondo que decía: "dedicado a John McKeegan por
veinticinco años de leal servicio". Otro nombre, otra incógnita. Decidió que ya
había tenido suficientes por hoy y, tras mirar su reloj (ya eran casi las diez), subió a
su habitación y se acostó. De nuevo un sueño extraño se apoderó de él. Era el
espejo. Se veía reflejado én él. Pero no era él. Era una bestia extraña y repugnante.
El espejo.
SEGUNDO DÍA
Se despertó como el día anterior. Visitó el cuarto de
aseo para mitigar sus terribles dolores de cabeza y se duchó. Salió a la calle y
recogió otro misterioso paquete. Su interior contenía el trozo de espejo que faltaba,
además de una nota de disculpa de la mudanza. Recordó el mensaje en el libro de la
bibliotecaria y fue al garaje a "sintonizar" la radio. Nada más encender la
radio del coche, una voz surgió tras la música: "lo que haces en la luz se refleja
en la oscuridad, deja algunas puertas abiertas antes de entrar". Pero entrar dónde.
En el espejo, por supuesto. ¿Y las puertas? Las únicas puertas misteriosas que conocía
en la casa eran las del pasadizo secreto, así que se dirigió a la casa.
En el despacho, pulsó el libro y subió por la escalera.
Abrió la puerta que daba a su habitación y bajó por la escalera. Salió al despacho y
abrió la puerta secreta antes de ir al salón. Una vez allí, puso el trozo perdido en el
espejo. Este brilló intensamente, y una nueva puerta se abrió. Se introdujo por él.
El mundo oscuro
Su corazón latía con demasiada fuerza. Estaba en el otro
lado. En el lado oscuro. Todo se correspondía con el mundo de la luz. Entró por la
puerta de la izquierda, lo que sería la cocina, y vio cómo multitud de seres eran
absorbidos por una fuerza sobrenatural. Salió de nuevo al salón y entró por la otra
puerta. Era el recibidor de su casa. Observó que la puerta de la calle estaba cerrada.
Siguió por la izquierda y se detuvo en lo que parecía ser su despacho, ante una mesa. En
ella había un holograma. Era un plano de su cabeza, ya que debajo aparecía su nombre.
Una sospecha se adueñó de su mente.
Se introdujo por la puerta secreta de la derecha, la que
hubiera permanecido cerrada si él no hubiera abierto el mundo de la luz, y subió las
"escaleras" hasta el piso de arriba. Llegó hasta un amplio mirador, donde
encontró unos prismáticos. Los utilizó para observar el increíble mundo alienígena.
Había otra puerta, pero de entre las dos sobresalía una especie de palanca. Por si
acaso, se puso los guantes que llevaba, y la accionó. Sonó un zumbido, pero no notó
nada. Se metió por la nueva puerta, pero lo único que vio fue una imagen que se le
quedó grabada para siempre. Una sanguijuela biomecánica estaba absorbiendo varias
víctimas, que ya habían perdido su forma, convirtiéndose en despojos orgánicos. No
osó tocarla, y bajó de nuevo al recibidor.
La puerta de la calle estaba abierta. Sin duda la palanca
había hecho efecto. Se dirigió a la calle. Observó atónito una gigantesca nave
espacial junto a lo que parecía ser su casa. Siguió a la izquierda hasta llegar al
cementerio oscuro, donde encontró una pala. Entró en el mausoleo, donde estaban
hibernando los antepasados. Sabía que no podía tocarlos. No sabía por qué, pero lo
sabía. Parecían estar alimentados por grandes tubos, que salían de otra estancia, la
más importante, la fuente de energía alienígena.
Inspeccionó más el mundo oscuro, hasta que llegó a un
punto muerto. Sobre un abismo, en un puente, había una especie de perro guardián
biomecánico.
Un vistazo a su reloj le indicó que eran cerca de las
seis, así que volvió al mundo de la luz y se reunió con su vecino junto al garaje.
Éste le condujo al parque adyacente, y se limitó a jugar con su perro "Fido",
tirando una vara que él recogía una y otra vez. Mike le ofreció un whisky, a lo que
Delbert respondió con tres buenos tragos, hecho lo cual, se despidió sin más y se fue.
Dawson se percató de que se habían dejado en el césped la vara de juegos del perro,
así que la cogió.
Arrestado en el mundo de la luz
De pronto se le vino a la cabeza el nombre que había visto
en el reloj de su casa. John McKeegan. ¿No había visto ese nombre en algún otro sitio
el día anterior? Sí en el cementerio. Y ahora tenía una pala. Y por lo que ahora
sabía, ese hombre debió ser el dueño de la casa. La utilizó para excavar en la tumba
que llevaba ese nombre, situada al este del mausoleo. Allí encontró más papeles que
contenían valiosa información sobre la pesadilla en la que se hallaba inmerso.
Cuando se dirigía a casa para examinar las nuevas pistas,
un policía lo esperaba y lo arrestó por profanar tumbas. Dawson se encontró en la
cárcel y, sabiendo que todo lo que existe en el mundo de la luz se refleja en el mundo
oscuro, decidió guardar debajo de la almohada del catre todo lo que en ella cupiera.
Empezando por la horquilla, siguiendo por los guantes y terminando por los papeles. Pero
revisando sus pertenencias encontró la tarjeta de visita de su vecino, el abogado
Delbert. Cogió la taza de hojalata que había sobre el catre y golpeó las barras de su
celda. Acudió un policía al que le enseñó la tarjeta. Salió de la cárcel al
instante. Bueno, más que salir le obligaron a irse.
Se fue a casa. Tenía que dormir. Pero la pesadilla no se
hizo esperar. Era la más extraña de cuantas había tenido. En ella se veía una
siniestra maquinaria a la que se hallaba conectada la cabeza de un niño. De repente, la
cabeza se transformó en la suya, para luego descomponerse hasta quedar sólo el cráneo.
Su cráneo.
EL ÚLTIMO DÍA
La rutina de todas las mañanas. Los dolores de cabeza y
las aspirinas calmantes, sin olvidar una buena ducha. Mike se dirigió a la comisaría. El
día anterior le había llamado la atención un objeto. La pistola. La robó y entró en
el mundo oscuro. Cuando llegó al puente custodiado por "Dark Fido", arrojó la
vara hacia el abismo. El perro biomecánico se lanzó a por ella, desapareciendo.
Atravesando el puente, entró en la comisaría alienígena,
donde un impresionante agente-alien le arrestó por haberse llevado su pistola. Mike
sabía que de haberla tenido, le hubiera hecho picadillo al momento.Como Dawson había
supuesto, la celda era la misma en ambos mundos, así que recuperó sus pertenencias de
debajo de la almohada y utilizó la horquilla un par de veces para forzar la cerradura.
Estaba en un largo pasillo de la cárcel alienígena cuando una voz llamó su atención.
Era Sargo, prisionero del mundo oscuro desde hacía nueve años. El escritor se apiadó de
él y le dio la horquilla. A cambio éste le obsequió con una cinta para el pelo,
diciendo que con ella obtendría la invisibilidad. Pero sólo una vez.
Mike Dawson fue a la biblioteca alienígena, descubriendo
que estaba custodiada por un guardián Drekketh, al servicio de los antepasados. Utilizó
la cinta del pelo para volverse invisible y así poder entrar. En su interior encontró
una extraña máquina conectada a una gran pantalla, en el lugar en el que estaba Sue, en
el mundo de la luz. Encendió la máquina y de la pantalla surgió un rostro, que a la vez
le recordaba a la bibliotecaria y al cuadro del salón de la casa.
El rostro era el guardián de los pergaminos, el que le
había hablado por medio de la radio, que le dio la suficiente información para
corroborar las sospechas que Mike tenía. Un Alien estaba implantado en su cerebro y que
el mundo (los dos mundos) corrían peligro si nacía. Los antepasados despertarían y todo
habría terminado. Le dio al escritor una microficha y, tras desearle suerte, la imagen
desapareció de la pantalla.
Las últimas acciones
Aprovechando la invisibilidad que le quedaba, Dawson salió
de la biblioteca oscura y cambió de mundo para dirigirse a la del mundo de la luz. En
ella pudo ver el contenido de la microficha en el visor situado a la derecha de Sue.
Contenía una curiosa noticia referente a lo conveniente de esconder objetos de valor en
el sótano de las casas. Naturalmente se encaminó hacia la casa, no sin antes detenerse
para comprar otra botella de whisky. Nada más entrar en la casa, oyó el teléfono. El
nuevo mensaje decía: "recuerda, lo que ves en el espejo no es real: sólo el espejo
en sí es real". Con la idea del espejo en la cabeza, Mike bajó hasta el sótano e
inspeccionó el suelo. Una losa estaba suelta. La sacó, y tras mirar dentro, extrajo un
manojo de llaves: las llaves del coche. Sin pensarlo, fue al garaje, vertió en whisky en
el depósito del coche, y utilizando las llaves lo puso en marcha. Sabía que algo
también se había puesto en marcha en el otro lado, y no había tiempo que perder.
Ya en el mundo oscuro, Dawson se encaminó a la fuente de
energía alienígena, donde, bajo el cerebro biomecánico, había un nexo de energía.
Introdujo allí la losa con el agujero, que había encontrado en el sótano, y la
recuperó de nuevo pero más caliente y rebosante de energía. Acto seguido, y sin perder
un segundo, se metió en la nave espacial y movió la palanca de ignición, no sin antes
protegerse las manos con los guantes. La nave empezó a moverse y Dawson salió de ella
para ver cómo se alejaba. Penetró por última vez en el mundo de la luz y salió a la
calle para descubrir un último paquete. La pieza que faltaba: el mango de un hacha. Con
él y la losa construyó un martillo cuya finalidad conocía muy bien. El espejo saltó en
mil pedazos. El dolor de cabeza cesó. Y Dawson empezó a comprender que la pesadilla
había finalizado.
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